
La noche del 22 de julio de 1934, la salida del Biograph Theatre en Chicago se convirtió en el escenario de un tiroteo que cobró la vida de John Dillinger, el criminal más buscado de su tiempo. Sin embargo, este evento, ejecutado por un grupo especial del Bureau of Investigation (BOI), la agencia precursora del FBI, desató de inmediato dos enigmas que incomodaron profundamente a su director, John Edgar Hoover. Las interrogantes giraban en torno a la verdadera identidad del abatido y si los agentes habían dado muerte al hombre equivocado. La segunda duda, aún más turbia, cuestionaba la versión oficial del operativo, sugiriendo que la captura en vida nunca fue el objetivo, sino una orden directa desde las altas esferas de la agencia para eliminarlo en el acto. Los rumores apuntaban a una posible venganza de Hoover contra Dillinger, quien meses antes lo había humillado con una espectacular fuga.
A finales de enero de ese mismo año, la carrera del legendario asaltante de bancos parecía llegar a su fin. El BOI había anunciado con bombos y platillos la captura de Dillinger y su banda, prometiendo que la justicia les aplicaría todo el peso de la ley. A pesar de que la detención se produjo casi por accidente, Hoover no dudó en capitalizar el supuesto triunfo. Sin embargo, la celebración duró poco. El 3 de marzo, la noticia de la fuga de Dillinger de la cárcel de Crown Point, Indiana, cayó como un balde de agua fría. Lo más escandaloso fue el ingenio del criminal: con un trozo de madera y una hoja de afeitar, talló un revólver que oscureció con betún. Amenazó a un guardia, lo encerró y, utilizando su arma falsa, desarmó a otros custodios hasta apoderarse del auto de la sheriff Lilian Holley y huir a toda velocidad. La prensa, ávida de detalles, hizo un festín con la historia, mientras cuestionaba la incompetencia de las autoridades.
La muerte de Dillinger a manos del BOI dividió a la opinión pública estadounidense. Para algunos, representaba un triunfo de la ley y el orden. Para otros, era una tragedia. En apenas dos años de actividad criminal, Dillinger había ganado la simpatía de muchos que, afectados por la crisis económica de 1929, veían en sus asaltos a bancos una forma de justicia contra las instituciones financieras que consideraban responsables de su desgracia. Aunque no repartía su botín entre los necesitados, para este sector de la población, Dillinger se erigía como una especie de Robin Hood moderno. Bajo esta perspectiva, si Hoover había ordenado su muerte en lugar de su captura, el verdadero criminal era el implacable jefe del BOI.
La trayectoria de John Dillinger como asaltante de bancos fue tan breve como vertiginosa. En poco más de un año, entre mayo de 1933 y su muerte, lideró dos bandas y perpetró decenas de atracos, embolsándose cientos de miles de dólares. Sus capturas solían ser seguidas por fugas espectaculares que le permitían retomar su actividad delictiva. Su método era metódico: estudiaban el banco de una localidad pequeña, ingresaban cinco cómplices mientras uno esperaba afuera con el auto encendido. Una vez dentro, Dillinger pronunciaba su icónica frase: "¡Todo el mundo al suelo!". Dos hombres controlaban a los presentes, mientras los otros tres vaciaban las cajas y obligaban al gerente a abrir la bóveda. Todo ocurría a una velocidad asombrosa, escapando por rutas preestablecidas.

Dillinger, según se relata, aprendió el "arte" del robo en la cárcel. Su primer tropiezo ocurrió a los 21 años, cuando un amigo lo convenció de asaltar un almacén. El atraco fue exitoso, pero dejaron tantas pistas que fueron detenidos al día siguiente. Mientras su cómplice, con un abogado particular, recibió una pena menor, Dillinger, con defensor oficial, fue sentenciado a nueve años. Detrás de los barrotes, se relacionó con delincuentes que cumplían condenas por asaltos bancarios, absorbiendo lo que se podría llamar la "teoría del oficio" y formando su primera banda. Al salir en libertad condicional a principios de 1933, pasó de la teoría a la práctica, iniciando su racha de atracos en un banco de Bluffton, Ohio, donde pronunció por primera vez su famosa frase.
Su carrera criminal sufrió un primer revés el 22 de septiembre, cuando fue cercado y capturado. Sin embargo, cuatro días después, sus secuaces, vestidos de policías, irrumpieron en la prisión de Lima y, tras un breve enfrentamiento, lograron liberarlo. Escaparon, encerrando al sheriff y su esposa en la misma celda que había ocupado Dillinger, y reanudaron su campaña de atracos. Armados con pistolas y ametralladoras robadas, desvalijaron varios bancos en Indiana. Su regla de oro era no derramar sangre, no por humanidad, sino para evitar penas más severas en caso de ser atrapados. Esta regla se rompió cuando uno de los miembros de la banda, John Hamilton, abatió a un policía durante el asalto al Primer Banco Nacional del Este de Chicago, resultando en la muerte del oficial William Malley.
La persecución se intensificó, sumándose el BOI bajo la dirección de J. Edgar Hoover, quien encomendó la tarea a Melvin Purvis. Tras una serie de atracos en Florida y Arizona, Dillinger y su banda decidieron descansar en el Historic Hotel Congress de Tucson, con un botín considerable. Un incendio en el hotel los dejó atrapados, y durante el rescate, un bombero los reconoció por las fotos publicadas en los periódicos. Así, Dillinger y sus cómplices pasaron de la celebración a la cárcel de Crown Point, Indiana, donde enfrentarían cargos por el asesinato del oficial O’Malley. Fue allí donde Dillinger protagonizó su segunda fuga, la que Hoover no pudo tolerar. Refugiado en Chicago con su novia Evelyn Frechette, formó una nueva banda, retomando su raid delictivo. En un enfrentamiento con la policía, su cómplice Eddie Green murió, pero Dillinger, herido, logró escapar.
Mientras Dillinger se mantenía oculto, a principios de julio de 1934, un hombre llamado Jimmy Lawrence comenzó a frecuentar bares en Chicago. Se presentaba como funcionario de la Junta de Comercio, ostentaba dinero y disfrutaba gastándolo. En uno de esos bares, conoció a Rita "Polly" Hamilton, una joven prostituta. Polly lo presentó a su madama, Anna Sage, una inmigrante rumana ilegal. Sage reconoció en Lawrence un gran parecido con John Dillinger y vio una oportunidad para ganar dinero y regularizar su situación migratoria. A través de un detective amigo, Sage contactó al BOI. Purvis le prometió la recompensa a cambio de información, pero también la amenazó con la deportación si no cooperaba. El 22 de julio, Sage llamó a Purvis para informar que esa noche Dillinger asistiría con ella y Polly al Biograph Theatre para ver "Manhattan Melodrama".
Alrededor de las siete de la tarde, un equipo del BOI se desplegó cerca del Biograph Theatre. Vieron llegar a Lawrence (Dillinger) acompañado por Sage, quien llevaba una falda roja como señal acordada. Por orden de Hoover, los agentes no intervinieron de inmediato, esperando a que saliera del cine. El plan era capturarlo vivo si no oponía resistencia, o abatirlo si intentaba escapar. Cuando la película estaba por terminar, Purvis, apostado cerca de la salida, encendió un cigarrillo como señal para sus hombres. Según el comunicado oficial, Dillinger intentó sacar un arma, lo que provocó que los agentes le dispararan. Sin embargo, testimonios de testigos publicados en diversos diarios señalaron que el hombre simplemente corrió y le dispararon por la espalda. Recibió varios disparos, uno de ellos fatal en la nuca. El "enemigo público número uno" se desplomó en el asfalto.
La noticia de la muerte de Dillinger acaparó las portadas, pero casi de inmediato surgieron rumores que sembraban dudas. La autopsia realizada por el médico forense J.J. Kearns señaló que el cuerpo no coincidía exactamente con las descripciones de Dillinger en poder de las autoridades. Se reportó que los dedos habían sido mutilados con ácido, el cabello, cejas y bigote teñidos, y el rostro alterado quirúrgicamente. A pesar de los esfuerzos de la agencia de Hoover por confirmar la identidad, los medios se hicieron eco de versiones que afirmaban lo contrario, sugiriendo que el abatido era Jimmy Lawrence, víctima de un engaño orquestado por el propio Dillinger. A esto se sumó el escándalo de la supuesta sustracción del cerebro del cadáver para estudios neurológicos, supuestamente con autorización de Hoover. Los restos del hombre abatido fueron sepultados el 5 de agosto en Indianápolis, en una tumba reforzada. Las dudas sobre las verdaderas intenciones del BOI y la identidad del difunto, sin embargo, no quedaron sepultadas. Meses después, Harry Pierpoint, antes de ser ejecutado, dejó una enigmática frase que, según crónicas, molestó a Hoover: "Yo soy el único que sabe toda la verdad y me la llevo conmigo".
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