Crímenes Femeninos Victorianos: Entre el Escepticismo y la Justicia Incierta

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El Sello del Escepticismo: Mujeres y Crímenes Violentos en la Época Victoriana

Durante la era victoriana en el Reino Unido, la idea de que las mujeres, consideradas el "sexo débil", pudieran cometer actos de violencia extrema generaba un profundo escepticismo social. A pesar de que los registros judiciales documentaban asesinatos perpetrados por mujeres, esta creencia preestablecida influía significativamente en el curso de las investigaciones y las sentencias. En el siglo XIX, la percepción pública tendía a asociar el turbio negocio del tráfico de cadáveres con figuras masculinas, relegando a las mujeres a roles de víctimas o cómplices menores.

El Caso de Elizabeth Ross: ¿Víctima o Verdugo?

En este contexto, surge el intrigante caso de Elizabeth Ross, una inmigrante irlandesa afincada en Londres. Ross ya cargaba con una reputación de ser una persona conflictiva y violenta, con acusaciones previas que incluían maltrato animal y una presunta implicación en la desaparición de una adolescente. La noche del 19 de agosto de 1831, Caroline Walsh, una vendedora ambulante de 84 años, aceptó la hospitalidad ofrecida por Ross y, desde ese día, se perdió su rastro. Semanas después, la intervención policial y el testimonio de Ned Cook, el hijo de 12 años de Ross, resultaron cruciales. El niño declaró ante el tribunal que su madre había asfixiado a la anciana y luego intentado deshacerse del cuerpo en un hospital. Los médicos negaron haber recibido ningún resto, y el cadáver de Walsh nunca fue encontrado. Sin embargo, la policía reunió pruebas circunstanciales, como la venta de prendas que supuestamente pertenecían a la víctima. A pesar de las dudas sobre la fiabilidad de un testimonio infantil y la viabilidad de que Ross pudiera transportar sola un cuerpo en un clima social dominado por el temor a los "ladrones de cadáveres", fue condenada y ejecutada en la horca en enero de 1832.

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Kitty Newton: Un Incendio, Tres Juicios y la Duda Persistente

El segundo caso documentado nos lleva a Bridgnorth, Shropshire, con Kitty Newton. Su madre, Ann Newton, falleció en 1848 tras un incendio en su hogar. Kitty se convirtió en la principal sospechosa, en medio de conflictos familiares y acusaciones de malos tratos. Enfrentó tres juicios marcados por testimonios contradictorios y disputas por la herencia. Un tío declaró haber escuchado a Kitty expresar deseos de muerte para su madre. No obstante, dos médicos cuestionaron la autopsia, señalando la falta de examen de la laringe y la tráquea, lo que impedía determinar la causa real del deceso. Tras 15 meses de prisión preventiva, el jurado la absolvió por falta de pruebas concluyentes. El caso quedó abierto a interpretaciones: desde un posible asesinato hasta un accidente doméstico o incluso un suicidio, exacerbado por las tensiones familiares y los peligros inherentes a las cocinas de la época.

Jessie McLachlan: La Presión Social y una Condena Apresurada

En 1862, el asesinato de Jessie McPherson en Glasgow conmocionó a la opinión pública por su brutalidad y las inconsistencias de la investigación. La acusada, Jessie McLachlan, amiga de la víctima, fue detenida tras descubrirse que había vendido objetos robados del domicilio. Inicialmente negó su participación, pero luego admitió haber estado en la casa la noche del crimen y señaló a James Fleming, un anciano, como el responsable, alegando acoso y amenazas. La presión social y del tribunal fue palpable; el jurado, instado por el juez, deliberó apenas 15 minutos antes de declararla culpable. Su sentencia de muerte fue conmutada a cadena perpetua, en parte por la falta de pruebas físicas contundentes y la existencia de versiones contrapuestas, dejando la autoría real en la incertidumbre.

Mary Pearcey: Brutalidad y Resistencia a la Culpa Femenina

El caso de Mary Pearcey en Londres, en 1890, expuso de forma cruda tanto la violencia de los hechos como la resistencia social a aceptar una autora femenina. Pearcey fue arrestada tras el hallazgo de los cuerpos de Phoebe Hogg y su hija Tiggy, en una escena de extrema violencia. A pesar de las pruebas materiales y los testimonios que apuntaban a Pearcey, quien mantenía una relación con el esposo de la víctima, sectores de la sociedad y los medios se mostraron reacios a creer que una mujer fuera capaz de semejante atrocidad. Pearcey negó rotundamente su implicación, afirmando que "no haría algo tan horrible". El tribunal la declaró culpable y fue ejecutada en la horca en diciembre de ese mismo año.

Un Legado de Sesgo y Duda

Estos cuatro casos ilustran cómo el sesgo de género permeó los procedimientos policiales, los criterios de admisibilidad de pruebas y el tratamiento mediático de las acusadas. La reputación, los rumores y la inherente falta de credibilidad asignada a las mujeres distorsionaron tanto las investigaciones como el juicio social. Las lagunas en las pruebas forenses, los testimonios contradictorios y la tendencia a buscar explicaciones alternativas —locura, accidente, manipulación externa— rodearon a estas protagonistas, dejando sus historias envueltas en incertidumbre hasta el día de hoy. Como un sombrío recordatorio, la cuna de Tiggy Hogg se exhibe en el Museo de Cera Madame Tussauds, un objeto que evoca que la violencia, en la Inglaterra victoriana, no tuvo un género exclusivo.

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